VIGENCIA

La Llave de los Portales Avileños

Se soltó el conejo

Me miro al espejo. Muevo la nariz tratando de imitar a la pequeña bestia. Recuerdo, en ese momento, que tengo un olfato agudísimo, sobre todo para los malos olores, y digo que, evidentemente, soy un conejo.

De un salto caigo frente a mi computadora. Busco en la Internet. Hallo el horóscopo chino. Son conejos, también, Ingrid Berman, Marie Curie, Evita Perón, Simón Bolívar, Stalin, Confucio, Einstein, Trostky… Todos, hijos de este signo, nacimos en los años 1927, 1939, 1951 (mi caso), 1963, 1975, 1987, 1999 y 2011.

Debo escribir algo sobre el comienzo del Año Lunar Chino que fue el pasado 3 de febrero. La Sociedad Mi Chih Tang, de Ciego de Ávila, lo esperó la víspera. Allí estaban sus asociados vestidos de mandarines, no por su lujosa vestimenta, sino por estar arropados con el cariño real de tantos años, compartiendo añoranzas por la tierra lejana que les vio partir un día hacia el falso dorado caribeño republicano, donde trabajaron y procrearon, como el propio conejo, para dejar una huella perdurable en este ajiaco criollo que, según Don Fernando Ortiz, somos los cubanos.

No voy a reseñar el balance del año que hizo la directiva dirigida por su presidente, Luis Chang Wu. Sería, como dice Arjona en su canción, redundar. ¿Quién no sabe de la eficiencia y la productividad de los chinos? Y la Mi Chih Tang no es la excepción.

Por ello, para mí, la fiesta comenzó cuando el chinito venido de la vecina ciudad de Florida, Chong Yao Nam —quien al llegar a Cuba camufló su nombre debajo del de Carlos, quizá para olvidar su pasado o esquivar la chanza de los cubanos— comenzó a cantar en su idioma natal.

Momentos antes, ese león chino de piel amarilla y lentejuelas como escamas, de ojos saltones más de perrillo pekinés que de otra cosa, había irrumpido en el salón para paralizar el tiempo y regresar nostalgias. Al toque de un enorme tambor, se movía altivo, nervioso, como anunciando la preeminencia de un pueblo. Le daban sangre y nervio jóvenes que lo movían en un ardid de belleza y lujo.

Días antes había estado yo en la Mi Chih Tang, buscando a mi amiga Marielena —¡una cubano-china que se las trae!—, cuando me sorprendió un gran lienzo.
Primero, la eficiente placita de la Sociedad. Ella me llevó a mi infancia, cuando el chinito Luis, de Serafín Sánchez, vendía verduras y juguetes de madera, y un sutil racismo decía de ellos que eran traicioneros y asesinos. Mas nadie, absolutamente nadie, podía negar la laboriosidad que traían en sangre. Luego, por un estrecho pasillo me encontré una pequeña biblioteca que atesora desde un antiguo instrumento musical hasta los libros más recientes, de coloridas páginas, que muestran una China floreciente.

Así, “tropecé” con los abuelos de la Sociedad en un ambiente francamente encantador, como si el sándalo de un abanico se esparciera en la dedicación de Cira, una licenciada en rehabilitación social y ocupacional situada allí, por el Ministerio de Salud Pública, que se encarga de hacerles felices en esos difíciles años de la vejez.

Me acerqué, entonces, a la mesa donde juegan el dominó llamado mahjong, que se hizo popular en el mundo a partir de 1920, y que se le conoce también, literalmente, como “gorrión” (¿será para espantar las nostalgias de un pueblo disperso por el mundo?).
Una especie de muralla china de piezas, desde donde los jugadores toman sus fichas para formar “escaleras” que lleven a dominar la compleja data. Ramoncito Wong, descendiente de madre cubana y padre chino, trató de explicármelo. Yo… me di por vencido.

Con tres años y medio de fundada, la Casa del Abuelo Mi Chih Tang, celebra actividades que van desde el ejercicio físico hasta el conocimiento de la historia, la comida y la política del gigante asiático. Realizan, además, excursiones, reciben atención especial aquellos casos sociales de bajos recursos y tienen un Consejo de Ancianos con representatividad en la junta directiva de la Sociedad.

Año lunarMe despido, bajo un retumbe de fuegos artificiales de afectos. Regreso a casa pensativo. Ya que no me aparecen mis ancestros españoles, ¡si al menos tuviera alguno chino en honor a esa pregunta que certeramente nos hizo un día Luis Carbonell desde su picaresca poética: “¿Y tu abuela dónde está?”

A punto de concluir esto que he escrito, casi un ajiaco también, vuelvo a mirarme al espejo. Me acuerdo de que Alicia, el personaje de Lewis Carroll, siguió a ciegas por los laberintos de la tierra al astuto conejo y encontró el país de las maravillas.

Pienso en el horóscopo chino. El animal que preside el 2011 tiene como atributos la astucia, el sacar a la luz enseñanzas secretas y mensajes intuitivos, pensar con rapidez y acompañar cada salto de eficacia y de humildad. Pienso en Cuba. Ojalá que sea un año de conejo para la Patria de todos, en esta nueva aventura de encontrar el país que soñamos.

Por José Aurelio Paz, con fotos del autor

Publicado en http://www.invasor.cu

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7 febrero 2011 - Posted by | General, Mi provincia

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