VIGENCIA

La Llave de los Portales Avileños

Girón: Un miliciano en 1961

Por: Ramón González Suco CUBADEBATE

Han pasado ya 50 años, soy un veterano y no me avergüenza reconocerlo, me acompaña una familia cubana y guardo los recuerdos de mis parientes y mis amigos de colegio que emigraron. Me inquieta la posibilidad de desfilar en la Plaza de la Revolución medio siglo después. Ahora, que el orgullo lo sientan mis nietos y sus compañeritos de aula.

Mis hijos aun no conocen estos relatos, pero el hecho de saber que la trinchera que, hace 50 años en Playa Larga, excave y me protegió ahora no existe, me desvela y me impulsa a desempolvar recuerdos. Necesito revelarlos con humildad para poder desfilar más ligero junto a los veteranos de esa gesta. Por eso me decido a escribir estas líneas de cosas que ya tienen medio siglo de sucedidas.

Fui de los primeros milicianos de mi Ciudad natal de Cienfuegos. Aún no se había definido el uniforme de las milicias y el pelotón de trabajadores eléctricos utilizó un pantalón de mecánicos, hoy pitusa, y una camisa gris como las que usaban los chóferes de ómnibus y coronando el uniforme una boina negra.

Aunque pobre, mi presencia en un colegio religioso me nutrió del concepto de justicia social y de que la verdadera posición era al lado de los humildes. A los doce años dejé de ser un católico de confesión y comunión aunque terminé allí mis estudios de Bachillerato en 1956 con 17 años de edad.

Yo era hijo de empleado fallecido de la Compañía Cubana de Electricidad y por ende tenía derecho a entrar, previo examen, a dicha Compañía a los 18 años, lo que en aquel entonces era una magnífica herencia. Mi madre hipoteca la casa y parto para la de una madrina en La Habana y matriculo Ingeniería Eléctrica. Llevo una vida austera y difícil hasta que se produce el desembarco del Granma y se suspenden las clases. Todo esto difícil de imaginar para las actuales generaciones que todo lo tienen. En 1957 empiezo a trabajar de office boy en la Compañía Cubana de Electricidad. Allí busco la correspondencia al correo, atiendo mendigos los miércoles que venían a buscar limosnas del Director y veía la saña conque eran perseguidos los combatientes de la gesta del 5 de Septiembre. La vida me daría la oportunidad, gracias a la Revolución, de sentarme en 1983 como Director de esa Empresa en la misma silla que ocupaba ese Señor.

Ya triunfante la Revolución empiezo a oír a Fidel y veo que su doctrina colmaba mis esperanzas de justicia e igualdad. Se recibió el llamado a integrar las milicias lo que contó con todo mi entusiasmo. En mi casa soy visitado por antiguos compañeros de Colegio quienes me invitan a visitar el local de los Caballeros de Colón donde según ellos se reunían la gente decente para jugar ajedrez y oír conferencias religiosas. Les explicó que voy a ingresar en las Milicias y me dicen que tengo que decidir pues las dos cosas no pueden estar juntas. La respuesta a aquella encrucijada fue la de estar al lado de los revolucionarios, oportuna decisión pues pocos meses después se operaba contra ese local por conspirar y propiciar alzamientos contrarrevolucionarios.

Las prácticas se hacían en el Distrito Naval del Sur, Cayo Loco, escenario del Alzamiento de la Marina el 5 de Septiembre de 1957. Viejos marinos y nuevos Infantes de Marina nos adiestraban en marchas, manejo de armas y alguna que otra charla. Como adelanto a nuestra línea internacionalista se nos hizo una noche abordar una fragata de guerra que estaba anclada en dicho Distrito, indicándonos que íbamos a combatir a otro País, cosa que por nueva alarmó a algunos pero que para mí fue totalmente aceptada. Era una prueba a la joven tropa.

A finales del año 1960 y en los primeros días del 1961 soy movilizado para la Ciénaga de Zapata. El Gobierno guerrerista de Eisenhower, general de Corea y otras guerras de rapiña, daba luz verde a que se formara un ejército de mercenarios y apátridas que soñaban con volver a recuperar sus propiedades en Cuba, ya en poder y en servicio del Pueblo Cubano. En la fecha anteriormente señalada se hace el traspaso de Eisenhower para Kennedy y algo podía pasar en la entrega de un guerrerista a otro supuestamente más moderado.

En ese escenario, donde se desarrollaba un edificio para un Balneario, Playa Larga, pasamos más de veinte días donde hicimos trincheras en toda la playa y en un saliente a un extremo de la playa en la roca llamada diente de perro. Allí recibimos la visita de un periodista llamado José Luís Padrón y un fotógrafo de apellido Calderín del Periódico Revolución. Aprendimos a manejar una microondas Motorola que comunicaba al contingente de la obra en construcción con el Central Australia.

Muy lejos estábamos de imaginarnos que por allí meses después se les daría a los invasores el bautismo de plomo que se merecían y que esa microonda indicaría al resto del País que estábamos siendo invadidos.

Entre Enero y Abril de 1961 nos movilizaban para el Escambray. El lomerío se había convertido en nido de gusanos que se alimentaban de la pudrición de la traición. Decenas de miles de milicianos en su búsqueda. Cercos, trincheras, guardias, noticias ciertas o falsas de milicianos torturados y ahorcados con alambre de púas. Pegado a mi fusil FAL y en horas de la madrugada, viendo el resplandor de mi ciudad de Cienfuegos, pensaba en las comodidades de la casa, en lo pesado de dormir en hamacas y comer comidas mal confeccionadas por la cantidad de comensales y la calidad de improvisados cocineros. La idea de un helado me estrujaba las entrañas. Lo que nos enseñaba Fidel de que lo primero era la Patria consolidaba mis jóvenes convicciones. En el pulseo de la comodidad y el deber triunfaba este último. Una modesta barba y pelo largo acompañaba a los collares de pojas y santajuanas. Fuertes tiroteos a lo largo del cerco nos habituaban al sonido de los disparos y a la idea de que podíamos caer.

Tres largos meses con las montañas como única compañía. La Revolución avanzaba, el enemigo rabiaba.

Desmovilizados entregábamos con dolor quien había sido nuestro compañero inseparable durante tanto tiempo, nuestro fusil belga FAL en el Campamento La Campana en Manicaragua. Nuestras barbas no desaparecían. Algo nos decía que aquello continuaba. Ya de vuelta en nuestro trabajo de Oficinista en la Empresa de Electricidad nos enteramos de que estaban movilizando milicianos para el Aeropuerto. Me despido de mi madre que aunque algo acostumbrada no dejaba de sufrir mis ausencias y hacia allá nos dirigimos sin esperar una citación que llegó poco después. Se organizaba un Batallón con un nombre que pasaría a la Historia como símbolo de Resistencia, El Batallón 339 de Cienfuegos.

Nuevas armas, inferiores en poder de fuego a las del Escambray, nos entregaban. Soy nombrado Jefe de un Pelotón con varias metralletas con 90 tiros cada una, fusiles M52 de bayoneta plegable con la misma cantidad de balas por arma, y una ametralladora BZ de trípode, nueva para nosotros, con 200 balas.

Ya en los camiones la pregunta de hacia dónde íbamos. Un giro de ellos hacia la izquierda en la carretera de Caunao nos indicaba que no íbamos para el conocido Escambray y empezaron las conjeturas de que si íbamos a pasar un curso, cosa ésta que no me parecía lógica por el armamento entregado. El paso por la carretera de Rodas nos adentraba en una zona de bandidos criminales, escurridizos y escondidos bajo tierra que operaban entre Cartagena y la Provincia de Matanzas. El nombre de Pancho Jutía, famoso por sus crímenes de familias completas, nos hacía pensar que sería nuestro objetivo. Pasamos por el pueblo de Colón que dormía y sólo algunos milicianos de guardia y un que otro borracho desvelado veía pasar esa larga caravana de camiones con siluetas de hombres armados y casi todos dormidos en sus improvisados asientos.

Y llegamos a Jagüey Grande y doblamos hacia el Sur y ya amaneciendo vimos a un Central Azucarero con el nombre de una tierra lejana y llena de canguros, Australia. Allí paramos.
CENTRAL AUSTRALIA

Más de 500 hombres nos albergamos en la casa de la Administración del Central. Dormíamos en el suelo porque allí dentro no había donde colocar las hamacas. Largas colas para poder comer en la única cocina de mala calidad. Allí conocimos a nuestros Jefes de las FAR. El Jefe era el Capitán Ramón Cordero Reyes, conocido por el Tunero con amplia participación en el atentado a Fermín Cowley cuando la Insurrección en la Provincia de Holguín. El Segundo al mando un negro alto y sencillo como las palmas, el Sargento Julián Morejón, todo valor y simpatía con quien era muy fácil entenderse. Allí coincidíamos con viejos conocidos como Plácido Roque, Pupi, nuestro Jefe de Compañía, Carlos Clemente conocido por Oriente, con el Rastrero, García el Optometrista y otros a quienes no olvido.

En el Central se organizaron postas para cachear los carros que pasaban hacia la Ciénaga y se preparó una plataforma en el techo del Central para instalar una ametralladora supuestamente antiaérea. Sólo llegar a subir a dicha plataforma era un acto de acrobacia y de inseguridad que no todos podían alcanzar y por suerte no pasó ninguna nave aérea hostil.

De motus propio organicé algunas prácticas de marcha con mi pelotón sobre todo para hacer algo y salir del aburrimiento. En estas marchas se me ofrece para dirigir el pelotón un compañero llamado José Luís Chaviano, zapatero del poblado de Caonao cercano a Cienfuegos. Estas situaciones hermanan a los hombres y se hace mi hermano. Conversamos y me cuenta que su novia le espera para casarse después de esta movilización. Poco podríamos imaginar que días después y al mando de ese pelotón fuera decapitado limpiamente por una bala calibre 50 de un pájaro de muerte a quien saludaba parado en la carretera creyéndolo amigo por las falsas insignias que mostraba.
PLAYA LARGA

Por haber estado en Diciembre en ese escenario se me informa que partiera con 4 hombres para Playa Larga para hacerme cargo de un Puesto de Observación y que mi misión era informar por la ya antes citada microondas las incidencias que ocurrieran. Escojo a Israel Hernández, carpintero, a Rafael Aramillo, soldador, a Quintana, joven pichón de isleño y a Ricardo García Garriga, optometrista que a principios de la Revolución entregó su óptica y se vistió de miliciano y a quien había visto en todas las movilizaciones. García sería nuestro cocinero.

Partíamos los cinco conducidos en un pequeño jeep con las armas, mochilas y enseres de cocina. Pasamos por la entrada de la Laguna del Tesoro llamada Guamá y llegamos a la Playa donde nos alojamos en una facilidad temporal donde estaban las vistas de cómo quedaría el balneario que se construía. El paisaje era maravilloso, una larga Playa de las mejores de la costa sur de Cuba y al frente la Bahía de Cochinos, amplia bahía de bolsa. A nuestras espaldas la carretera y la enmarañada vegetación de la Ciénaga llena de fábulas y de bandas de alzados que constituían en ese momento nuestra mayor preocupación.
LA MICROONDAS

La microondas Motorola era de los constructores para comunicarse con el Central Australia pero nos fue entregada por el Jefe de aquella fuerza constructora porque entre otras cosas les comenzaba un largo pase para ir a sus casas y una gran cantidad eran de la Ciudad de Matanzas, de la Habana y otros pueblos cercanos. Se nos recomendó que la usáramos cada media hora pues la Plantica Eléctrica que alimentaba la obra estaba en mal estado con grandes fluctuaciones de voltaje impropio para ese equipo. Así lo hicimos y en esos intervalos de tiempo llamábamos a Australia: Playa Larga llamando a Australia….. Adelante Playa Larga aquí Australia…. Para decir que hace falta nos manden tal cosa. Por lo demás todo OK…OK.

Organizamos guardias para la micro y la guardia de cuatro horas cada una y preparamos una libreta escolar para anotar los partes. Del lado de Australia se había organizado algo parecido.
LA VIDA EN LA PLAYA

Éramos la casi única fuerza militar por esa zona y en ocasiones tratamos de impartir justicia a querellas entre carboneros. Los fines de semana la playa de día se llenaba de bañistas que venían sobre todo de Jagüey Grande y nos arreglábamos los uniformes y las barbas y sobre una pequeña mesita lucíamos nuestra ametralladora BZ con la variante de una vistosa cinta con balas al estilo de las películas de Pancho Villa. La otra opción, mas segura pero menos vistosa, era usar unos peines curvos. Un grupo de mujeres de la FMC nos visitó y nos trajeron latas de leche condensada, dulce de guayabas, latas de sardinas etc., lo que fue muy bien recibido. García hacia gala de sus virtudes como cocinero y en comparación con las penurias que habíamos dejado en el Central Australia vivíamos como reyes.

Sólo estábamos los carboneros que vivían en bohíos cerca de la Playa, algunos que otro plantero de las obras y nosotros.
LAS ARMAS

Salimos de Australia con cuatro metralletas con 90 tiros cada una y una ametralladora BZ con 200 balas que fue adjudicada a Quintana quien dijo saberla usar. Por suerte una tarde en una discusión de cómo se disparaba con dicha ametralladora Quintana en un alarde de sabiduría militar hizo algo incorrecto y una bala silbó sobre nuestras cabezas lo que me hizo paralizar las clases y pedir ayuda al Central. Nuestro Jefe de Compañía mandó al compañero llamado El Chino Torres quien nos instruyó en como manejar dicha BZ pero nombramos su artillero a uno de los más responsables del grupo, al compañero Israel Hernández. La vida nos daría la oportunidad de usar esa arma y la razón por este cambio.
NUESTRA SITUACION

Después de todo esto hemos leído que para la Dirección de la Revolución estábamos enclavados en un lugar con muchas posibilidades de invasión. De Trinidad que fue desechada, la mejor oportunidad era la Ciénaga, lugar con una pista de aterrizaje y con sólo dos carreteras estrechas fáciles de bloquear. Pero nosotros no sabíamos nada de ésto y pensábamos que siendo tal larga la Isla era difícil que algo pasara por allí y mucho menos nada de importancia como no fuera una lanchita como lo sucedido hacía días por Baracoa de Oriente.
LA INVASIÓN

En lo que era el comedor de los trabajadores de la Obra había un viejo televisor donde a veces íbamos a ver el noticiero y después lo apagábamos por los problemas ya explicados de voltaje. En nuestra casita contábamos con un radiecito donde oíamos música y noticias como el bombardeo a los Aeropuertos. El día l5 de Abril expusimos a riesgo el televisor y vimos el entierro de las víctimas de los bombardeos y el discurso de Fidel ordenando que fueran todos a sus puestos de combate. Salimos y contactamos con una compañía del Batallón que había cortado caña quemada y le habían permitido ir a bañarse a la Playa y le ordenamos volvieran pronto al lugar donde estaban acuarteladas que era una Granja llamada Pío Cuac a la salida del Central para la Playa. Vino la noche cargada de tensión y por el radio dado lo alejado del lugar se oían las estaciones de radio contrarrevolucionarias de Radio Swan y otras. El Pescadito está Listo, La Mesa Está Servida y otras consignas se repetían cientos de veces. Yo, un joven de 22 años con cuatro valerosos milicianos, uno de ellos Quintana más joven, constituíamos un Puesto de Observación estratégico de la Patria.

El día 16 llegan tres alfabetizadores que estaban en una Playa cercana llamada La Máquina, a pedir que los dejáramos estar con nosotros pues la familia donde estaban se había marchado y al oír las noticias no querían estar solos. Accedimos a tan juvenil y revolucionaria solicitud y ellos, dos blancos y uno negro engrosaron nuestras filas. Ya de noche nos avisan de que ven unos bultos en la Bahía. La noche, quizás por éso escogida por la CIA esta oscura, sin luna, y no hay consenso pero algo nos dice que debemos estar más alertas que nunca. Ordeno a Israel poner la BZ en la trinchera abierta en el diente de perro y a Aramillo, auxiliado por alfabetizadores, con una toalla apagar todas las luces de la Playa aflojando los bombillos pues parecía un carnaval para cualquier visitante con malas intenciones. Se acabó el descanso de algunos, todos estaban fuera de la casita. Vimos algunos resplandores para la zona de Girón que podían ser relámpagos. Dos de la mañana. Ruido de una lancha por la Zona de Buenaventura. Israel con dos alfabetizadores como cargadores de la BZ para la trinchera. Esperanzas de que aquella lancha fuera una unidad de la Marina de Guerra que a veces estaban en el Caletón y que sabía de nuestra existencia. Me alejo unos metros hacia la dirección donde viene la lancha para dar el alto y si tiraban no concentraran sobre la casa y me acuclillo. Ya se ve la lancha con unos doce tripulantes uno de ellos parado en la proa con su fusil terciado, no veo uniformes pero no era la de la Marina. Monto la metralleta y doy el alto con una pequeña ráfaga al aire.

Tiran sobre donde yo estoy con un impresionante derroche de balas trazadoras de distintos colores. La lancha se aleja de donde estoy y se pone a boca de jarro de Israel y su ametralladora que espera órdenes. Grito con todas mis fuerzas: Dale duro Israel, Patria o Muerte y una lluvia de plomo se bate sobre la lancha. Hombres al agua y malas palabras y de pronto un silencio y actividad en la trinchera. La lancha se aleja hacia el Centro de la Bahía y sólo es perseguida por las balas no propias para esa acción de las metralletas. Cuatro mercenarios, enterados nosotros después, pagaron caro ese acercamiento.

Cinco humildes milicianos del Pueblo y dos alfabetizadores habían roto el factor sorpresa para una de las más grandes y costosas operaciones de la CIA en América Latina.
EL AVISO

Son las dos y cuarto y pienso que hasta las y media no puedo avisar pero cuando entro a donde está la micro veo a Quintana hablando por ella, se la arrebato y pido a Australia y cuando sale le digo que una lancha con unos doce hombres nos ha atacado y que al parecer le hemos hecho algunas bajas y la voz de un compañero a quien decíamos Quico Metralleta del otro lado me dice que avisarán al Capitán. Dejo a Quintana en la micro y salgo y veo que al otro extremo de la Playa se encienden unos faroles verdes y empiezan a tirarnos. El silencio de la ametralladora fue que después de los primeros disparos la cinta se trabó y estaban pasando las balas a los peines curvos más seguros de usar. Ordeno fuego a discreción sobre los que nos tiraban casi a doscientos metros o más y veo que del Centro de la Bahía, de los supuestos bultos que horas antes no habíamos identificado, salían unas bolas de fuego que daban en la Playa y encendían algunas los techos de guano de los Bohíos. Siento la voz de Quintana que me llama y Quico Metralleta me dice de parte del Capitán Cordero que están preparando a la gente para salir para la Playa y que me mantuviera informando mientras pudiera y después saliera por la carretera a unirme a las fuerzas que debían estar en camino. Salgo y los que nos tiran están más cerca de nosotros. La BZ presentaba interrupciones y las balas de las metralletas sonaban débiles al lado del ruido de las armas enemigas. Un ruido sordo seguido de un silbido hizo que algo estallara sobre el diente de perro y me sentí tocado en la espalda y pensé lo peor. Con la arena en el rostro me toqué y no encontré herida alguna. Nos tiraban con morteros. Vuelvo al micro y la encuentro sin el bombillito ámbar encendido y completamente muerta. De seguro habían dañado o tomado la Plantica que nos abastecía. Ya nuestra presencia allí era inútil y me preparé para cumplir la orden del Capitán, unirme a los míos.
INTENTO DE SALIDA

Llevábamos casi hora y media combatiendo. Hablo a gatas con Israel y le quedaban unas cincuenta balas, Las metralletas casi no tenían y preparamos una balacera hacia los invasores que permitiera salir por el edificio en construcción y ganar la carretera. Así lo hicimos e Israel y yo sin balas fuimos los últimos en correr hacia el edificio. Cuando lo atravesamos vimos cerca de cincuenta hombres parados al lado de un reflector que apuntaba al suelo muy cerca de la salida que pensábamos usar. Estábamos rodeados y sin posibilidades de escapar y pensando que pronto llegaría nuestro batallón, muy superior, creíamos hasta entonces en hombres a los invasores, podíamos ser rescatados. Di la orden de dispersarse por el edificio en construcción y esperar.

Pasamos al interior de las dos alas del edificio donde había montones de arena, ladrillos, cemento y otros materiales de la construcción. Aramillo tomó el mismo camino que yo y juntos nos sentamos en el suelo después de haber ocultado las metralletas en un montón de arena. Estábamos en un cubículo de las duchas de mujeres y teníamos paredes a ambos lados. Nos creíamos solos. Oigo voces que daban órdenes y se entendían con la contraseña de Águila….Negra. Señor, las posiciones una y dos están cubiertas. A formar los del Barco Cuba. Algo nos decía que la cosa era más grande de lo que habíamos pensado. De pronto avisaban que se acercaban camiones. Pensamos enseguida en nuestro Batallón que llegaba. La respuesta de ese Jefe fue: Denles un pasodoble de bazookas y morteros. Después un intenso tiroteo y explosiones. Nuestros compañeros manejando armas de infantería se enfrentaban a mortíferas calibres 50 bien estacionadas. Los primeros mártires del Batallón 339 regaban el suelo de la Patria con su sangre generosa.

Un largo silencio nos hizo comprender que habían frenado la llegada a la Playa del Batallón. Aramillo me aprieta el brazo y me dice: Suco, reza. Ya yo hablé con mi madre muerta. Medito y empiezo como que a rezar pero siento que me ablando peligrosamente y le digo: Aramillo no es el momento de rezar sino de ver como salimos de aquí. Pienso que pueden encontrarnos y tirarnos y calculo cómo dolerían los balazos en brazos y piernas y los prefiero en la cabeza que imaginaba como un resplandor final. La idea de que mi madre pudiera caminar sobre el terreno donde yo estuviera enterrado me preocupa dolorosamente. Una voz se oye cerca de la entrada del ala del edificio donde estábamos: Registren allá dentro. Es lo último, pienso y agarro lo más parecido que tenía a un arma, un cuchillo comando que usábamos para pelar naranjas. Lo esgrimo y me pongo tieso contra la pared y pienso que debo morir peleando y si se me acercan los toco. Se sienten los pasos en la arena y dos siluetas que se paran en el medio de la nave y uno le dice al otro: No me dejes sólo Pedro y dando media vuelta vuelven a salir y reportan que no encontraron a nadie. El miedo de aquellos nos salva.

Empieza a clarear y se ve alguna luz por entre las celosías que llenan los triángulos del techado y Aramillo se sube sobre mis hombros y mira un minuto y se baja y me dice: Cómo hay y están vestidos de sapos. El camouflage de los uniformes los hace parecer batracios a la vista de mi compañero.

Ya amaneciendo sentimos voces y pasos que provenían del fondo de la nave, cosa extraña porque como dije anteriormente nos creíamos solos y vemos pasar a unos campesinos con una compañera y un niño que al vernos se espantan pero después sonríen y nos dan la mano. Les pedimos silencio y vuelven a entrar hacia el fondo pero no logran acallar más voces que se levantan. La explicación es clara, por la noche y en medio del tiroteo inicial ellos buscaron refugio en la misma edificación que nosotros pero mucho antes. Un ruido como de que algo dentro es derribado. Llanto de niños y voces hacen que de afuera digan: Salgan en fila los de adentro. Empiezan a desfilar por frente a nosotros una decena de ellos. Muy nerviosas las mujeres que gritan que llevan niños y los niños gritan al ver aterradas a sus madres. Nos miran y a todos les hacemos la señal de silencio con un dedo en la boca.

Algo sucede que de pronto un grupo es rechazado y una ráfaga de disparos hace que del techo caigan pedazos del mismo. Salgan los militares con las manos en el cuello y los codos en alto. Las mujeres gritan y nos miran con ojos desorbitados. Vuelve otra ráfaga contra el techo. Ya todo está perdido y puede ser peor para los que nos rodean. Me pongo de pie con dificultad de la posición de cuclillas en que encontraba y le digo a Aramillo: Saldré yo primero, y Aramillo me mira con ojos muy abiertos y me da la mano.
LA CAPTURA

Camino entre grandes cajas, tenso sin ver a nadie. Una sombra que se me encima me pone alerta. Un golpe en la nuca me hace sentir que se me escapan los ojos de la órbitas y caigo y caigo al suelo. Dos o tres fuertes golpes en la espalda me tienden a lo largo. Pierdo la noción de todo y un sabor a sangre me llena la boca. No veo y casi no puedo respirar. Voy volviendo poco a poco y siento que me llevan el vilo por brazos y piernas. Halan de mis barbas. Alguien grita que me pongan de pié y me enfrento a un mercenario con lentes de gruesos cristales. Es su Jefe de Inteligencia. Veo doble y casi no oigo. Me registran y sacan de mis bolsillos un carné de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, un pase para entrar al Distrito Naval del Sur para las prácticas de las milicias y un retrato de mi madre. Ponen esos documentos en una cajita y plantean que ya me llamaran para interrogarme. Entre dos mercenarios me llevan para lo que sería la cocina del balneario, improvisada prisión donde ya hay varios carboneros y sus familias. Me ponen de frente a la pared parado con los brazos extendidos y me ponen un arma en los riñones. La cabeza me duele cuando se oyen motores de aviones. Gritan alarmados que es avión enemigo. Tiroteo. El Barco Houston es alcanzado y encalla. No siento el arma en mi cuerpo y pruebo a virarme y no hay nadie. Están aterrados y corren de un lugar a otro. Hace rato que se dieron cuenta, desde nuestros disparos, de que lo que les había dicho el instructor en Nicaragua era mentira. No desembarcarían y serían recibidos como salvadores, seguirían derecho, doblarían a la izquierda y desfilarían en la Habana como Héroes. Los que desfilamos vencedores fuimos nosotros.

Me siento en el suelo como los demás. Creo perder la conciencia, todo se me enreda. Me saca de esa situación la mano de un alfabetizador sobre mi hombro. Se sienta a mi lado y con sus dieciséis años reclina su cabeza en mi hombro. Recuerdo su papel arreglando la ametralladora trabada. Dichosa ametralladora que les hizo las primeras cuatro bajas. Lo siento temblar y le pregunto si llora. Me dice que no pero tiembla. Se aprieta a mi lado. Traen a mis compañeros y al resto de los carboneros. Al rato entran dos mercenarios a congraciarse con campesinos y algún que otro trabajador de la Obra. Preguntan a uno de los trabajadores que de dónde era y el dice que de la Habana y del Cerro. El mercenario le pregunta si no conocía al Doctor Tal porque el era Presidente del Instituto y novio de la hija de ese médico. El obrero dice que no. Plantean que sólo los militares serían juzgados que después que todo se aclare serían liberados puesto que el Ejército que los combate no usaba uniformes y que si hubiera sido Fidel el que hubiera desembarcado ya los hubiera fusilado a todos. Se fija en el alfabetizador que está a mi lado y le dice: Y de qué es ese uniforme? De alfabetizador. Y éso qué es? Enseño a leer al que no sabe. Y eres Comunista? No, soy fidelista. Pero todos los que simpatizan con Fidel son comunistas… Bueno entonces seré comunista sin saberlo pero yo soy fidelista. Empuja con la punta del fusil al joven y se marchan de mala cara. Buena lección de una joven generación.

Entran a una joven con las ropas tintas en sangre quien chilla en medio del salón y al vernos se dirige a nosotros y nos abraza diciendo que mataron a su madre. Tratamos de tranquilizarla diciéndole que quizás esté herida y nos dice que tenía un hueco en el pecho que se veía de un lado a otro. Cuando iban en un camión toda una familia fueron fusilados por calibres 50. Las mujeres presentes se ocupan de la muchacha. Los niños gritan de hambre y se los oímos decir que el barco Río Escondido que traía los víveres y las medicinas ha sido hundido.
La mañana transcurre y luciendo impecables uniformes con una pañueleta verde iridiscente se pavonean por fuera del local. Tienen todas nuestras armas despiezadas en modelos impresos y oyen por sus radios triunfantes y disparatadas noticias como de que Fidel estaba en la Embajada de Méjico, que habían tomado el puerto de Bayamo y otras. Ahora nos parecen disparatadas pero podíamos pensar que si por allí habían desembarcado con tantas armas y tanques podía pasar lo mismo por otro lado.

Nos mandan a buscar a los milicianos que somos conducidos con abundante escolta a donde está el Jefe de Inteligencia. Anteriormente había llegado prisionero un compañero del Batallón que estaba cerca de Playa Girón que se llamaba Marcayda quien no estaba uniformado y que enseguida se confundió como un trabajador más. Marcayda fue enviado a la microonda nuestra para informar que había un tiroteo sin saber que allí era donde se había desarrollado. Fue desarmado y hecho prisionero. Se va a levantar para acompañarnos y le decimos que no, que posiblemente sería el que contara lo que nos había pasado. Nos preguntan por nuestro grado militar y sólo recibe una respuesta de que somos milicianos pero reconozco la jefatura sobre los demás y quieren saber donde queremos que sean enviadas nuestras pertenencias en caso de que algo nos pasara y damos nuestra dirección en Cienfuegos. Volvemos a la prisión no sin antes haber sido amenazados por un furioso mercenario quien decía ser hermano de uno de los primeros que cayó por nuestras balas en el Desembarco. Esta noche me ocupo de ustedes y me los echo, grita enardecido.

Contra lo que puede suponerse nadie ha hecho relaciones con los invasores. Un carbonero que siempre estaba borracho llamado Guazasa por su lugar de origen, estaba con nosotros y todavía le duraba la borrachera del día anterior, y en un momento de silencio nos mira y nos dice: Guajiro no te preocupes que ahorita llega El Caballo y se acaba todo ésto. Hermoso gesto de confianza en gente tan humilde.

Sigue avanzando el día cuando se oyen tiroteos cada vez más cercanos y vemos llegar del frente camiones con mercenarios heridos, algunos destripados que son puestos en el suelo por falta de medicinas. Va cambiando la situación, ya no se sienten seguros. Vienen de los frentes mercenarios con la cara tiznada del betún de guerra que se quejan de que están combatiendo desde la mañana y no han recibido comida ni relevos.
Hay faltas de respeto a superiores por parte de quejosos soldados. Me asomo por una ventanilla y veo a un soldado con uniforme del ejército de Estados Unidos dirigiendo la construcción de trincheras con sacos de arena. Empieza a oscurecer y nuestra Artillería empieza a hacer estragos. Caen obuses cerca de donde estamos que hacen retumbar el edificio. Triste sería morir nosotros por nuestros propios disparos.
EL TANQUISTA

Ya es de noche y un tanque nuestro, aprendido a manejar días antes, comete un error enciende las luces y es alcanzado en una estera por un bazookazo. Traen preso al tanquista quien entra a empujones con gestos airados. Nos ve y nos abraza. Entra el jefe mercenario de la playa y lo manda a buscar. Lo acompañamos. Le preguntan que cuantos tanques vienen. Contesta en alta voz que lo que viene por ahí ni cien invasiones como esta lo aguantan. El jefe mercenario calla y al rato pregunta a un campesino con gorra de chofer a qué distancia está Girón. A cuarenta minutos le contestan y exclama sin recato: Nos han embarcado. A las pocas horas abandonaban Playa Larga en dirección a Girón. Hay pánico. Se van, gritan júbilo los campesinos. Vemos camiones cargados de mercenarios que se atascan en la arena y que golpean con las culatas las manos de los que están en tierra. Se van. Ni nos llevan de rehenes ni el hermano del que murió en el desembarco nos puede ajusticiar como había amenazado.

Tratamos de poner orden entre tantos campesinos que quisieran salir corriendo. Nos van a matar los nuestros si no salimos organizados, les gritamos. Mando a buscar una bandera que estaba en el mural de lo que quedaba del comedor de la Playa y ya con ella organizamos una fila de unas cincuentas personas que tratan de cantar el Himno Nacional en medios de llantos y gritos de las mujeres. Vamos al frente y a los lados de aquel insólito desfile. Cuando paso por unos arbustos siento que montan unos fusiles. Se nos da el alto. Son los tanquistas con sus cascos acolchonados. Senos cachea y se nos oye y una vez identificados nos montan en un jeep para ir a su comandancia.
EL INFORME

Soy llevado a la presencia del capitán José R. Fernández en Soplillar. Allí le informo de las armas que traen y otros detalles de importancia. Me mandan a la comandancia del Central Australia donde el comandante Augusto Martínez Sánchez dirige las operaciones. Me sientan y soy testigo del interrogatorio a mercenarios que van cayendo presos. A curas que venían en la invasión. A cada rato y con un teléfono de magneto Martínez pide el punto uno y habla con Fidel. Me entra sueño y me castiga un tic nervioso en un ojo. De pronto en una de esas conversaciones le anuncian a Fidel de mi presencia y me dicen que quiere hablar conmigo. Cómo andas, Bien comandante, Cómo te han tratado? Golpes al detenerme pero no más. Quien viene al frente? Uno que se dice comandante de la sierra y dice llamarse Porfirio Bertot Matos. Me pide le pregunte a Martínez quien dice que en la sierra no había nadie con ese nombre. Me dice que me armarán y me devolverán al bon. Me dan una metralleta y salgo atontado para el batey del central donde pululan los milicianos que llegan. Me duermo en uno sus portales y un sonido increíble me despierta. Me tiro de ese alto portal y me meto en un pequeño hueco de desagüe. Tumbamos el avión, gritan los milicianos. Me siento raro y solo pero satisfecho. Me localiza un compañero del Batallón 339 y me dice los retiraron del combate y que están en una granja a la salida del Central. Allí vamos, nos daban por muertos, abrazos, lágrimas por los caídos y por la segura Victoria.
BREVE VISITA A LA CASA

Aprovechando un viaje de horas a Cienfuegos nos mandan pues allí nos tienen como bajas. En el Sindicato de los Eléctricos hay un crespón de luto y en la pizarra mi nombre con condolencias. Mi madre no sabe nada pero mis tíos me buscan cada vez que llega del frente un cadáver a la funeraria. Alegría para toda la familia. Un compañero que me acompaña que le decían Lumumba ve con sorpresa que lo están velando como fallecido cuando llega a su casa. Cadáver devuelto a la funeraria y alegría de los que lloraban. Regresamos a Australia. Participamos en pequeños grupos en la caza de mercenarios que se entregan ante las frescas naranjas peladas que llevábamos. A los pocos días nos preparamos para ir a la Habana. Estábamos en harapos y pensábamos nos fueran a dar ropa nueva. Esperamos.
EL DESFILE

Hubo desfile pero no de ellos, de nosotros. Salimos de jagüey grande en rastras hacia la habana. Casi todos con la ropa llena de sangre o fango. Nos bajaron en Malecón y Paseo y nos vimos rodeados de milicianos con sus uniformes impecables y sus boinas verde olivo ladeadas.

Nos mandan a formar con los espacios de los caídos sin cubrir. Casi veinte espacios vacíos. Empezamos sin mucho animo a marchar y para sorpresa nuestra se corre la voz de que es el batallón de Cienfuegos y la orden de atención corre por esos batallones y todos se mantienen en atención a nuestro paso. Recobramos nuestro porte y nos sentimos mejor. De las aceras nos saludan y algunas mujeres rompen las barreras y vienen a abrazarnos. Nos acercamos a la tribuna de la Plaza de la Revolución donde ya Violeta Casals anuncia que empieza el desfile militar con el batallón de Cienfuegos el primero que enfrentó y taponeó al enemigo. Toda la tribuna se pone de pié. Fidel con prismáticos y cara de alegría nos saluda efusivo. Un maravilloso uniforme que no es de tela nos va cubriendo y algunos con los ojos mojados. Los muertos desfilan. Los vivos y ellos vamos vestidos de gloria.

Revelo estas notas a sabiendas de que los que con honor y humildad han llevado bien callada esa gloria de ser veteranos me lo aceptan como manera de honrar a los que cayeron en esa gesta. Ojala y junto a mis nietos ahora me permitieran volver a excavar esa trinchera y dejar la huella del combate en Playa Larga como símbolo del triunfo de la patria nueva.

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10 abril 2011 - Posted by | General

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